Acuerdo UE–Mercosur: ¿Quién consume ahora?
Asunción, Paraguay – 17 de enero de 2026
El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur abre mercados en un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, pero en la Argentina se plantea ¿quién puede consumir cuando caen el empleo formal, los salarios reales y el mercado interno?
El 17 de enero de 2026, la Unión Europea y el Mercosur firmaron un acuerdo de libre comercio largamente negociado, destinado a eliminar de manera progresiva más del 90% de los aranceles entre ambos bloques y a conformar una de las mayores áreas comerciales del mundo, con más de 700 millones de consumidores. El tratado fue presentado por líderes europeos como una señal de apertura en un contexto global atravesado por tensiones geopolíticas, aranceles punitivos y disputas estratégicas.
En Argentina, el interrogante central no es la magnitud del acuerdo ni su simbolismo internacional, sino cómo se inserta en una economía con industria debilitada, caída del empleo formal y un mercado interno en retroceso. Es entre la geopolítica y la estructura productiva que se juega el impacto real sobre la vida cotidiana.
Un acuerdo de este contexto
El acuerdo no se explica solo por la voluntad de los países del Mercosur. Llega en un momento en el que Europa busca diversificar mercados y alianzas frente a un escenario global más fragmentado. La reaparición de Donald Trump con una agenda explícitamente proteccionista, sus amenazas de nuevos aranceles a socios europeos y su presión geopolítica en el Atlántico Norte, incluida la insistencia en el control de Groenlandia por razones estratégicas y de seguridad, empujaron a Bruselas a mostrar autonomía y capacidad de tejer acuerdos por fuera del eje Washington.
En paralelo, Europa empieza a recalibrar su propio tablero continental. Declaraciones recientes del canciller alemán, al describir a Rusia como “un país europeo”, no implican un giro diplomático formal, pero sí revelan un clima de reordenamiento estratégico en un continente que convive con la guerra en su territorio, con tensiones energéticas y con la necesidad de pensar escenarios de largo plazo. En ese contexto, el acuerdo con el Mercosur funciona como una pieza más de una estrategia de seguridad económica y diversificación.
El tratado
Las negociaciones comenzaron en 1999, tuvieron un anuncio político en 2019 y un cierre técnico en 2024. En ese sentido, el acuerdo avanza a pesar de Javier Milei, no gracias a él. Sin embargo, tampoco es un acuerdo “en contra” de su orientación.
Milei no lo bloqueó ni lo objetó. Su discurso a favor de la apertura de mercados es compatible con el espíritu del tratado. La clave es que Argentina no negocia sola: lo hace dentro del Mercosur, un bloque donde conviven estrategias distintas. Brasil, miembro de los BRICS, practica una diplomacia de balanceo: puede fortalecer vínculos con China y, al mismo tiempo, firmar con la Unión Europea. Paraguay y Uruguay buscan acceso a mercados. Europa negocia con el bloque, no con un presidente en particular.
Así, más que una estrategia multipolar sofisticada, lo que emerge es una combinación de restricciones y necesidad económica. Argentina acompaña porque necesita mercados y divisas, no porque haya diseñado el tablero.
Ganadores potenciales y una tensión conocida
Los beneficios del acuerdo no serán homogéneos. Como muestran numerosos estudios académicos, incluidos trabajos de investigadores del CONICET, los tratados de libre comercio redistribuyen costos y beneficios según la estructura productiva y la posición social.
En el caso argentino, los sectores con mayor potencial de ganancia son los vinculados a la exportación agroindustrial. El acuerdo contempla una nueva cuota de 99.000 toneladas de carne vacuna del Mercosur con un arancel preferencial del 7,5%, además de la eliminación del arancel del 20% que hoy paga la carne exportada bajo la cuota Hilton. Para los productores orientados a segmentos premium, se trata de una mejora concreta de acceso al mercado europeo.
Sin embargo, este beneficio introduce una tensión conocida para los consumidores locales. En la Argentina, cuando exportar rinde más, el precio interno tiende a alinearse con el valor internacional, especialmente en productos como la carne, donde el dólar funciona como referencia. Las rebajas de costos asociadas a la apertura rara vez se trasladan al bolsillo; en cambio, los incentivos a exportar sí pueden sentirse con rapidez en la canasta alimentaria si no existen políticas internas de desacople.
Inflación y consumo concentrado
La desaceleración inflacionaria puede convivir con otra dinámica menos visible. Precios que no bajan, salarios que pierden poder adquisitivo y un consumo que se achica conforman una inflación silenciosa: no necesariamente un salto abrupto del índice general, sino una erosión persistente de la capacidad de compra, incluso cuando los indicadores muestran desaceleración.
En la práctica, el consumo deja de ser un fenómeno masivo y se concentra. Consumen quienes mantienen ingresos estables o dolarizados; el resto, el ciudadano de a pie, ajusta gastos incluso básicos. La economía puede ofrecer más productos, pero con menos capacidad real de compra para la mayoría.
Industria, empleo y consumo
El otro lado del acuerdo es la industria. Europa es altamente competitiva en bienes manufacturados, como automóviles, autopartes, maquinaria y químicos, que hoy ingresan al Mercosur con aranceles elevados. El tratado prevé su reducción gradual, en plazos que pueden extenderse hasta 15 años. El impacto dependerá de cómo llegue la industria argentina a ese proceso de apertura.
Los datos recientes muestran un escenario frágil. Desde noviembre de 2023 hasta septiembre de 2025, la cantidad de pymes con trabajadores registrados se redujo en más de 20.000. La contracción del entramado productivo formal tiene un efecto directo: menos empleo implica menos salarios y, por lo tanto, menos consumo interno.
La experiencia histórica pesa. En los años noventa, una liberalización rápida sobre una industria debilitada derivó en cierres de empresas, aumento del desempleo y caída del mercado interno. El contexto actual es distinto, pero el mecanismo económico es el mismo.
El límite de una economía solo de servicios
Argentina es hoy una economía crecientemente basada en servicios. Pero los servicios no se sostienen por sí solos: dependen del empleo formal y del poder de compra de la población. Sin industria nacional activa, el empleo formal se reduce y el mercado interno se contrae.
La pregunta es estructural y simple: quién compra si no hay trabajo. Sin consumidores, no hay servicios que prosperen. Y sin una base productiva que genere ingresos estables, el empobrecimiento deja de ser una amenaza abstracta para convertirse en un proceso cotidiano.
Más que comercio
Por eso, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur no puede leerse solo en términos de aranceles o exportaciones. Se inscribe en una ecuación más amplia que combina geopolítica, estructura productiva y decisiones internas.
El impacto real no se medirá en la letra del tratado ni en la foto de la firma, sino en variables concretas: precio de los alimentos, estabilidad del empleo y nivel de actividad del mercado interno. Sin industria ni empleo formal, una economía de servicios carece de base. Y sin consumidores, importar más puede terminar significando consumir menos.
Ahora comienza la etapa política: el texto debe ser ratificado por los mecanismos institucionales de ambos bloques. Los plazos y las resistencias sectoriales en Europa y en el Mercosur van a definir cuánto de este acuerdo se convierte en realidad.
Realizado por el equipo de ZOOM con Julieta Fiorentino con asistencia de IA.
Fuentes: Reuters; AP News; Financial Times; Consejo de la Unión Europea (Consilium), comunicados del 9 y 14 de enero de 2026; Comisión Europea (EU Trade), factsheet del acuerdo.

