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Nunca será un partido más

 

Frente a una historia de dependencia y vasallaje en los planos económico y militar, marcada por la guerra de Malvinas y por su posición periférica en el sistema internacional, la Argentina encuentra en el deporte un escenario de reparación simbólica.

Cuando el rival es Inglaterra, no compiten únicamente dos selecciones: se enfrentan, en el imaginario colectivo, una nación periférica que busca recuperar dignidad y una potencia que simboliza siglos de centralidad política, económica y cultural. La razón es también 1982: estas dos naciones se enfrentaron en una guerra real, por un archipiélago que Argentina reclama como propio desde el siglo XIX. No es una metáfora elegida para darle dramatismo al partido, es un antecedente histórico que el partido hereda, quiera o no.

Por eso, cuando Argentina juega contra Inglaterra, el partido nunca empieza en cero. Arrastra una derrota militar, con 649 soldados argentinos muertos, y una causa territorial que sigue abierta en el reclamo diplomático. El fútbol no resuelve nada de eso, ni las Malvinas se recuperan con un gol ni la guerra se salda con una final, pero funciona como el único terreno donde esa asimetría puede, aunque sea por noventa minutos, invertirse.

Esa guerra, además, tampoco terminó en 1982, y ese es quizás el dato más incómodo de todos. El Ejército informó 38 suicidios registrados entre sus veteranos, y la Armada otros 14; la Fuerza Aérea registra los fallecimientos pero no discrimina la causa de muerte. Las asociaciones de veteranos estiman entre 350 y 500 casos, aclarando siempre que se trata de estimaciones propias y no de un registro oficial. Ese vacío estadístico no es un detalle menor: es, en sí mismo, la forma que tomó la desmalvinización. El Estado lleva un registro preciso de los 649 argentinos muertos durante el conflicto, pero no dispone de una estadística oficial consolidada sobre los veteranos que se suicidaron en las décadas posteriores. A eso se suma, según coinciden veteranos e investigadores, la ausencia casi total de atención psicológica sistemática durante al menos la primera década posterior a la guerra, un silencio institucional documentado.

Sobre ese fondo se entiende por qué el resultado deportivo pesa tanto. Si la victoria funciona como una reparación simbólica, la derrota produce el efecto inverso: reactualiza un sentimiento de vulnerabilidad. No porque un resultado deportivo modifique la inserción de la Argentina en la economía mundial, sino porque reabre, en el plano afectivo, una herida que ya estaba abierta antes del partido. Frente a Goliat, perder en una cancha puede sentirse como una repetición; ganar, como una revancha que la diplomacia y la historia nunca terminaron de darnos.

“El que no salta es un inglés”. La frase invierte el estigma en un instante. Saltar, participar del ritual, fundirse en el cuerpo colectivo, es la prueba de pertenencia; no hacerlo es, aunque sea por un cántico, convertirse en el otro. Pocas frases condensan mejor la función que cumple el fútbol en estos casos, donde la tribuna no discute la historia: la actúa, la baila, la grita. La ansiada victoria suspende, por un instante, la conciencia de esa deuda pendiente, mientras que la derrota la hace más visible y más dolorosa.

¿Por qué depositamos tanto en ese deseo de victoria? Quizás porque en él la comunidad entera todavía puede sentirse protagonista frente a esa misma potencia. Mientras el reclamo por Malvinas sigue empantanado en foros internacionales y la relación bilateral se administra con gestos diplomáticos, el fútbol conserva la ilusión de una disputa visible, comprensible y, sobre todo, ganable, gobierne quien gobierne.

Esa ilusión es un átomo dentro de los ciclos históricos de acumulación, que desplazan los centros de poder y dejan a las periferias atrapadas en relaciones de dependencia. Malvinas es el caso testigo de esa relación: una potencia central resolviendo con una flota lo que un país periférico reclamaba con derecho internacional. Esa asimetría no es solo económica: otros escriben las reglas, y nosotros apenas jugamos, o peleamos, dentro de ellas.

Inglaterra ya usó ese mismo método en otros continentes: en el siglo XIX libró las guerras del opio para imponerle a China, por la fuerza, un comercio que enriquecía a la Corona y devastaba la salud del país sometido. El patrón se repite con siglos de distancia: la potencia central impone, la periferia paga el costo. Hoy ese ciclo ya no lo protagoniza Inglaterra: la disputa por el control de las nuevas infraestructuras de poder la libran Estados Unidos y China, y son las periferias, otra vez, las que absorben el costo de esa transición.

De ese imperio en retirada queda, sin embargo, un resto armado y muy concreto. La base militar que Inglaterra sostiene todavía en Malvinas, con unos 1.500 efectivos permanentes y control logístico del Atlántico Sur, ya no es el centro de un imperio en expansión: es el resabio armado de una potencia que dejó de escribir las reglas del sistema y se aferra, con una flota, a lo poco que administra. Inglaterra es, desde siempre, aliada de Estados Unidos, la potencia que hoy pesa más en el FMI, el organismo al que le debemos tanto y que nos dejó tan poco: la plata entró y salió sin dejar rastro en el territorio.

Y el patrón, lejos de quedar en el pasado, se repite ahora mismo. En febrero de 2026, Argentina firmó con Estados Unidos un acuerdo de minerales críticos que compromete el mapeo de los recursos del país, mientras el gobierno impulsa el Súper RIGI para atraer inversión en litio, cobre y tierras raras con beneficios fiscales para las extractoras aún mayores que los del RIGI original. Otra vez el mismo mecanismo: la potencia central asegura su cadena de suministro, la periferia entrega el mapa. El saqueo se tapa con circo. Si no hay pan, que haya circo.

Puertas adentro ocurre algo simétrico. El reactor CAREM, con desarrollo íntegramente nacional y más del 80% de su obra civil terminada, está paralizado desde 2024; Atucha III, que iba a construirse con financiamiento chino, fue cancelada; y Nucleoeléctrica Argentina avanza hacia la privatización parcial de sus centrales. Setenta y seis años de desarrollo nuclear propio se frenan mientras se promociona un reactor nuevo, el ACR-300 de Meitner Energy, con capital extranjero. Entregamos lo que construimos, a cambio de ser modelo de vasallos.

El terreno, no solo el subsuelo, también se cede. En octubre de 2025, el gobierno autorizó por decreto, sin intervención del Congreso, el ingreso de tropas estadounidenses a las bases navales de Ushuaia, Puerto Belgrano y Mar del Plata para un ejercicio militar conjunto. Somos, otra vez, el territorio donde otro decide dónde entrenar su flota.

Esta dinámica, de todos modos, no es exclusiva del vínculo Argentina-Inglaterra. Se repite, con variaciones, en otros pares deportivos atravesados por una historia colonial. India contra Inglaterra en el cricket ofrece quizás el paralelo más nítido: un deporte que los colonizadores impusieron como parte de su proyecto civilizatorio termina convertido, generaciones después, en el escenario donde la ex colonia puede vencer a la metrópoli en su propio juego.

Algo similar ocurre cuando selecciones africanas o caribeñas, Argelia, Senegal, Jamaica, enfrentan a sus antiguas potencias coloniales: el resultado deportivo no revierte ningún proceso histórico, pero durante el partido opera una inversión simbólica que en ningún otro ámbito de la vida social resulta tan accesible. Lo que varía de un caso a otro es la naturaleza de la herida que el ritual reactualiza, una guerra, una ocupación, un despojo territorial, pero la función estructural es la misma: el deporte como uno de los pocos territorios donde la periferia todavía puede ganar.

En el caso argentino, esa función estructural tiene además su propio historial. Argentina e Inglaterra ya se cruzaron cinco veces en Mundiales antes de esta semifinal. Inglaterra ganó en 1962 y 1966, este último con la expulsión de Antonio Rattín. Argentina se impuso en México 1986, con la Mano de Dios y el Gol del Siglo de Maradona. Empataron y Argentina avanzó por penales en Francia 1998. Inglaterra volvió a ganar en Corea-Japón 2002. Ninguno de esos encuentros posteriores a 1986 alcanzó su peso simbólico. Ahora, cuarenta años después de aquel cuarto de final, las dos selecciones vuelven a cruzarse en una instancia mundialista, esta vez una semifinal, el miércoles 15 de julio en Atlanta, con esa memoria todavía intacta.

Como si la historia quisiera subrayar el punto, apenas días antes del partido un patrullero de guerra británico, el HMS Medway, navegó aguas de jurisdicción argentina frente a Santa Cruz y Tierra del Fuego sin la notificación previa que exige el Acuerdo de Madrid II. La Armada Argentina lo detectó mediante sensores en el litoral austral. El secretario de Malvinas de Tierra del Fuego, Andrés Dachary, calificó el hecho como una «provocación flagrante». El Reino Unido, por su parte, sostiene que sí hubo aviso por los canales correspondientes. Más allá de a quién le asista la razón en ese punto específico, el episodio recuerda algo que venimos señalando: en el Atlántico Sur, quien navega, patrulla y explota los recursos sigue siendo, casi siempre, la misma potencia central. Argentina detecta el buque, lo sigue, protesta, pero no lo detiene.

Con ese telón de fondo, infartamos por ganarle a los ingleses. La pelota es uno de los pocos terrenos donde la disputa a veces se gana. Conocemos la discusión de fondo: quién controla los recursos pesqueros e hidrocarburíferos del Atlántico Sur, quién patrulla esas aguas, y eso sigue en manos de cancillerías, acuerdos bilaterales y licencias que la mayoría de nosotros ni siquiera llega a leer. No es infantilismo festejar un gol. Es, quizás, la prueba de que no tenemos muchos otros lugares donde dar batalla.

Este partido desata nuestras ilusiones, sin cambiar nuestra posición en el sistema-mundo. Y durante noventa minutos invierte la relación simbólica: los que perdimos una vez podemos ganar ahora. Duele como duele Malvinas: cuarenta años después es una deuda que solo el fútbol parece capaz de poner sobre la mesa.

Un pueblo que pone sus expectativas en un triunfo futbolístico contra quienes aún hoy navegan nuestras aguas y se roban nuestros recursos, es un pueblo que no encuentra otro escenario donde plantear esas cuentas pendientes, y que ve en esa pelota su último refugio.

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