La liturgia del infarto
Crónica escrita la noche del 7 de julio, tras la victoria ante Egipto. Se publica sin actualizar, como registro de ese momento.
Bajar esa escalera es un descenso oscuro, escalón por escalón, sin ver dónde termina.
En ’90
Antes del planazo mundial hay otra cosa, un ritual que empieza mucho antes: se prepara el contexto; el sillón exacto, la ropa de la suerte, la comida y las bebidas que acompañan, el grupo que se junta porque solo no se aguanta.
El ansioso busca distraerse sin dejar de mirar, se para, se sienta, camina hasta la cocina y vuelve corriendo para no perderse nada. Como si preparar bien el terreno pudiera influir en lo que todavía no pasó. El fútbol comienza con ese ritual, con esa puesta a punto silenciosa para que el destino, si va a manifestarse, nos encuentre listos; atrapados en esa incertidumbre, esperando ver qué hace de nosotros.
Arranca el partido.
Minuto 15. Yasser Ibrahim salta más alto que Lisandro Martínez, cabecea un centro de Marawan Attia, y el estadio Mercedes-Benz de Atlanta se calla del lado argentino. En Mar del Plata, en cada casa, en cada bar, pasa lo mismo: el cuerpo se adelanta al pensamiento. Nadie piensa todavía en la superioridad de Egipto ni en las estadísticas. Solo una languidez primitiva, vieja como el mundo: ¿qué nos quiere decir el universo con esto?
El 1-0 todavía no duele tanto. Hay sed de revancha, de darla vuelta, empatarlo y seguir. No hay vacío todavía, hay urgencia.
A los 21, Messi tiene un penal. El arquero Mostafa Shobeir se lo ataja. Es el instante en que hasta el mejor del mundo parece confirmar la sospecha: el día viene retorcido.
Minuto 58. Zico convierte, se saca la camiseta, el living entero se congela, segundos de terror. Después llega el VAR: falta previa de Marawan Attia sobre Lisandro Martínez, el gol se anula. Ese amague fue premonitorio: los egipcios igual nos entrarían minutos después.
Minuto 67. La amenaza se anota. Centro de Haissem Hassan, remate de Zico, gol. 2-0. El silencio en el living se vuelve espeso, casi metálico. El 2-0, el vacío ante lo irreversible: esa certeza vieja, de que un partido así no se da vuelta. Un gol, ponele. Dos, uf, qué desgracia.
Por dentro, me autoengaño: «bueno, es un partido, ridículo que nos deje afuera, pero bueno». Se dice así, con ese resto de humor que no alcanza a disimular nada. Pensamientos que disimulan, pero hay un abismo, no me asomo, al cuerpo no se lo engrupe, está molesto.
Minuto 79. Cuti Romero cabecea, asistencia de Messi. 1-2. El vacío se rompe. El gol trae esperanza y dignidad al mismo tiempo: esperanza porque de golpe el empate vuelve a ser posible, dignidad porque ya no importa solamente el resultado, importa no haberse rendido sin pelear. El cuerpo cede del todo: el grito seca la garganta, la carrera al patio para gritarlo de nuevo, como si adentro no alcanzara el espacio para semejante descarga.
Ahora vamos por el empate. Vamos que esto no se acaba. La hinchada reza, implora, no se pierde una jugada. Se hace lo que sea, repetir el gesto que trajo el gol anterior, cualquier ritual improvisado con tal de no romper la racha. De pronto, nos arrodillamos, emocionados, justo cuando una parte de nosotros aparentaba resignación.
Minuto 83. Todo lo anterior, multiplicado, vuelto primitivo. Rebote. Messi. Pierna fuerte. Cruzado. Adentro. 2-2. El GOOOAAAAL no es humano, es un rugido que viene desde el diafragma, y sigue, no se corta, no da la garganta y no importa nada. Felices, nos miramos y nos abrazamos sin dejar de gritar, sin necesidad de decir nada más, porque las palabras sobran.
No sabemos cuántos mundiales nos quedan. Ahí, abrazados, algo se cura.
No la crisis económica y social, sino la certeza de que todavía podemos hermanarnos en una causa, aunque sea por noventa minutos.
Minuto 90+2. Centro de Lautaro. Cabeza de Enzo. Adentro. 3-2. Ya no hay periodista, ni analista de nada. Solo un grito que sale antes de que la cabeza entienda lo que pasó. Bocinas. Toda la calle. Todo Mar del Plata. Toda la Argentina, al mismo tiempo, gritando lo mismo.
Con el 3-2 consumado y la locura en la calle.
El mecanismo
Es la estructura exacta del duelo, comprimida en noventa minutos: la actuación de la resignación, el vacío que la desnuda, el contragolpe que reabre la fe de rodillas. Después la grieta del primer descuento, la catarsis del empate, la locura final. Todo lo que en la vida real se administra en meses o en años, ahí pasó comprimido, sin saber el final hasta el último segundo.
Nada más importa, esa humanidad encuentra su cauce. Grita, salta, corre, se abraza con quien esté a mano. Al final, desahogada, vuelve mansita.
¡Ganamos! ¡Les ganamos! Resistieron, resilientes, muchachos. Messi y ese equipo, qué orgullo. Lloraron, dudaron, se cayeron y se levantaron, en el mismo campo, al mismo tiempo en que nosotros los soñábamos despiertos.
Nos une la bandera; no hay grieta que resista al gol en el último minuto. Terminamos gritando al unísono, en nuestro idioma albiceleste.
Edito envuelta en frazadas. El frío polar no borra mi mueca, sostengo esa energía en una sonrisa. Esperanza, anestesia, lo que sea, unos días más que siga siendo.
Mis viejos sienten algo parecido. Yo los tengo. Nada, sonrío de nuevo.
La felicidad nos cubre y la pelota no se mancha. Y por unos días, parece ser suficiente.
Sin embargo, afuera se juega otro partido, uno mucho menos promocionado.
Mientras el país entero tenía el alma afuera por el 3-2, entre el jueves 2 y el viernes 3 de julio la Armada Argentina había detectado al patrullero británico HMS Medway navegando por aguas bajo jurisdicción nacional, a la altura de Santa Cruz y Tierra del Fuego, rumbo al Estrecho de Magallanes tras zarpar desde las Islas Malvinas. Nos enteramos recién en las inmediaciones del partido, el mismo martes 7. No hubo aviso previo de las autoridades británicas, según la Armada. Se omitió el Sistema Transitorio de Información y Consulta Recíprocas, vigente desde 1990, que obliga a notificar los movimientos militares en la zona. La Cancillería evalúa una protesta diplomática por canales reservados, mientras procura no tensar el vínculo con Londres. El Foreign Office británico, consultado por la prensa, sostuvo lo contrario: que la embajada en Buenos Aires sí había notificado el movimiento por los canales correspondientes.
Si alguien lo supo antes, dejó que se filtrara justo el día de los octavos de final. Un sistema que sabe que el gol vende más que la soberanía no necesita censurar la otra noticia: alcanza con no empujarla. La atención colectiva puede ser capturada por un acontecimiento tan poderoso que todo lo demás queda, por un tiempo, fuera del campo visual. Cuando una sola historia monopoliza la conversación pública, las demás encuentran un silencio propicio para pasar casi inadvertidas.
Mientras todavía festejábamos la victoria, el Tribunal Oral Federal de Río Gallegos dio el primer veredicto por el hundimiento del ARA San Juan: hay un condenado, pero no va a ir preso. A Claudio Villamide le dieron tres años de prisión en suspenso. A los otros tres acusados los absolvió directamente. El ARA San Juan se hundió mientras cumplía una misión militar en el Atlántico Sur, después de haber participado en ejercicios tácticos. No estaba en guerra. Pero entrenaba para un escenario en el que la guerra siempre es una posibilidad. Sus 44 tripulantes nunca regresaron.
Las máximas autoridades navales y políticas de entonces ni siquiera llegaron al banquillo. Ocho años y ocho meses después, los 44 tripulantes siguen sin la justicia completa que sus familias reclaman. El fallo no quedó firme: la querella adelantó que apelará ante Casación.
Es un contraste brutal. La bandera que nos hizo gritar a todos por el cabezazo de Enzo es la misma que, en ese instante, reclamaba otra clase de defensa. Ahí no había noventa minutos, ni tiempo suplementario, ni penales. Había un radar, un buque militar inglés que navegó nuestros mares sin autorización y un país adormecido que festeja.
Lo imagino a Diego Maradona gritando esos goles con nosotros. También lo imagino mirando el radar, porque la pelota no se mancha. La soberanía tampoco debería. Y esa no se gana con un gol; se sostiene en el barro diario.
También ese Dios albiceleste merece memoria, verdad y justicia.
Y mientras tanto, en otros lugares, la misma pantalla tapa otras cosas. Estados Unidos cayó como anfitrión, pese a la maniobra de Trump para quitar la roja a su goleador. Eliminado, declaró muerta una tregua con Irán. Todo en menos de 24 horas.
Venezuela sigue contando muertos bajo escombros. Tres mil ochocientos once. Cincuenta mil desaparecidos, dicen la ONU y el Comité Internacional de Rescate. El petróleo, mientras tanto, se administra desde una cuenta en Nueva York.
Y en el medio de todo eso, otra vez, gracias a nuestro equipo mesiánico, la pelota rodará en Kansas City el sábado. «Argentina es esto. El que no es argentino no lo entiende», afirmó Lionel Scaloni tras revertirse el velorio contra Egipto.
También es Malvinas, un submarino sin justicia, un país hermano bajo escombros, un mundo que vuelve a la guerra, millones de heladeras vacías y el frío invernal que carcome. Todo eso también nos atraviesa.
En medio del caos ordenado, que siga el baile: que esta alegría albiceleste no nos la robe nadie.
Los datos del partido
Argentina 3-2 Egipto · Octavos de final, Mundial 2026 · Mercedes-Benz Stadium, Atlanta · 7 de julio de 2026
Goles:
- Min 15: Yasser Ibrahim (EGY), de cabeza, asistencia de Marawan Attia. 0-1
- Min 67: Mostafa Zico (EGY), contragolpe, asistencia de Haissem Hassan. 0-2
- Min 79: Cristian «Cuti» Romero (ARG), de cabeza, asistencia de Lionel Messi. 1-2
- Min 83: Lionel Messi (ARG), definición de rebote dentro del área. 2-2
- Min 90+2: Enzo Fernández (ARG), de cabeza, centro de Lautaro Martínez. 3-2
Nota: a los 21′, Messi tuvo un penal que el arquero egipcio Mostafa Shobeir le contuvo. A los 58′, Zico había convertido un gol que el VAR anuló por una falta previa de Marawan Attia sobre Lisandro Martínez. En la jugada previa al gol de Enzo Fernández, Egipto reclamó un penal no cobrado por una supuesta falta de Julián Álvarez sobre Salah dentro del área. Zico acusó a la FIFA de haber arreglado el torneo a favor de Messi; días después, medios internacionales reflejaron el reclamo egipcio sin pronunciarse sobre su validez.
Argentina avanza a cuartos de final, donde enfrentará a Suiza (que eliminó a Colombia 4-3 por penales) el sábado 11 de julio en Kansas City.


