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Big Tech disputan el poder sobre datos y algoritmos

TECNOLOGÍA Y PODER

El avance de la inteligencia artificial, el uso masivo de datos y el funcionamiento de los algoritmos reconfiguran el vínculo entre usuarios y plataformas. Mientras el uso se mantiene, la confianza se debilita y el debate global se desplaza hacia una cuestión central: quién controla la información en la era digital.

Las grandes empresas tecnológicas se consolidaron como infraestructura básica de la vida contemporánea. Sin embargo vivimos cambio de época: el problema ya no es la expansión de estas plataformas, sino el poder que concentran.

Estados Unidos, China y las transiciones del poder global

La disputa tecnológica actual no puede entenderse como una competencia sectorial. Forma parte de una transición más profunda: la del propio capitalismo histórico y sus ciclos de hegemonía.

Desde esta perspectiva, el dominio de sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores o las redes de datos no es solo una ventaja económica. Es una condición de posibilidad para ejercer poder a escala global.

El orden internacional construido bajo la primacía de Estados Unidos atraviesa una fase de tensión estructural. Que se expresa, por ejemplo, en las disputas por semiconductores, inteligencia artificial y cadenas globales de suministro tecnológico

La emergencia de China como actor tecnológico, industrial y financiero reconfigura ese esquema y abre un escenario de competencia sistémica, donde ya no se disputa únicamente el comercio, sino la arquitectura misma del sistema.

Las grandes empresas tecnológicas operan como nodos estratégicos de esa disputa. No son actores neutrales ni meramente privados: articulan capacidades estatales, financiamiento global y control sobre infraestructuras críticas. Según diversos informes de la UNCTAD -organismo de la ONU-, sobre la concentración del poder digital y la economía de los datos.

A su vez, estudios de la OECD -organismo internacional independiente que agrupa principalmente a países desarrollados-, advierten sobre los desafíos que esta concentración plantea en términos de competencia, regulación y funcionamiento de los mercados digitales.

Este reordenamiento no es lineal ni exento de conflicto. Expresa una crisis de hegemonía en curso, donde conviven tensiones económicas, tecnológicas y geopolíticas, sin un equilibrio estable a la vista.

En un escenario atravesado por la inteligencia artificial, la pregunta ya no es solo qué hacen, sino bajo qué reglas operan y con qué consecuencias.

Las plataformas digitales ya no son solo intermediarias. Organizan, jerarquizan y condicionan la circulación de la información a escala global. Intervienen en cómo se construye la realidad pública.

Según Tarleton Gillespie: “Las plataformas no son meros intermediarios; organizan y moderan el contenido público.”

Este rol las convierte en actores centrales en la configuración del debate público, con una capacidad de intervención que excede la de los medios tradicionales.

Redes sociales, buscadores, servicios de mensajería y herramientas de inteligencia artificial organizan hoy la circulación de la información, el trabajo y los vínculos sociales.

Modernidad líquida y vínculos digitales

En el contexto digital, las formas de vinculación social se transforman. El sociólogo Zygmunt Bauman describió este fenómeno como “modernidad líquida”, una etapa en la que las relaciones pierden estabilidad y se vuelven más flexibles, cambiantes y, muchas veces, frágiles.

“Las relaciones tienden a convertirse en conexiones que pueden ser desconectadas con facilidad.” (Zygmunt Bauman, Liquid Love, 2003)

Las plataformas digitales intensifican esta dinámica: facilitan la conexión permanente, pero también la interrupción constante de los vínculos, reforzando una lógica de relaciones más rápidas, reversibles y menos estables en el tiempo.

En los últimos años se consolidó una tendencia: el uso no disminuye, aunque la confianza se deteriora.

Empresas como Meta, Google, Microsoft y Amazon -junto a actores como Alibaba Group, Tencent y Baidu-, concentran una capacidad sin precedentes para recopilar datos, procesarlos y convertirlos en sistemas que no solo distribuyen contenido, sino que también definen qué contenido se vuelve visible, actuando como verdaderas infraestructuras del ecosistema digital.

La expansión de las plataformas digitales dio lugar a una nueva forma de organización económica y social basada en la extracción y procesamiento masivo de datos. Este modelo no solo permite predecir comportamientos, sino también intervenir sobre ellos.

Como señala Shoshana Zuboff: “El capitalismo de vigilancia reclama la experiencia humana como materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y venta.” The Age of Surveillance Capitalism (2019)

Los algoritmos no son herramientas neutrales, sino mecanismos que organizan la visibilidad de la información y, con ello, condicionan la experiencia digital de los usuarios.

Subjetividad, poder y entorno digital

En los entornos digitales, el poder no solo actúa sobre las personas, sino que también contribuye a moldear cómo se perciben a sí mismas y a los demás. Las plataformas organizan interacciones, visibilidad y reconocimiento a través de métricas, perfiles y dinámicas de exposición.

“El poder produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad.” (Michel Foucault, Vigilar y castigar, 1975)

La identidad digital no es solo una representación individual, sino el resultado de sistemas que estructuran qué se muestra, qué se valora y qué permanece visible.

Entonces, no solo distribuyen contenido, sino que también lo jerarquizan. Ese cambio transforma la discusión: ya no se trata únicamente de tecnología, sino de poder.

Datos, poder y control de la información

El punto de inflexión se produjo con el escándalo de Cambridge Analytica, que expuso el uso de datos personales con fines políticos. Investigaciones difundidas por BBC, The New York Times y The Guardian mostraron cómo la información de millones de usuarios podía ser utilizada para segmentación electoral en un debate global sobre el uso político de los datos.

Desde entonces, organismos como Naciones Unidas advirtieron que la vigilancia digital a gran escala puede afectar derechos fundamentales como la privacidad y la libertad de expresión.

En este contexto, el rol de los algoritmos se volvió central. Las plataformas no muestran la información de manera neutral. Sistemas automatizados seleccionan y priorizan contenidos en función de su capacidad de generar interacción. Investigaciones recogidas por Financial Times, Le Monde y The Washington Post coinciden en que este funcionamiento tiende a amplificar contenidos emocionales, controversiales o polarizantes.

Diversos estudios académicos describen este fenómeno como “cámaras de eco”: entornos en los que los usuarios reciben mayoritariamente información alineada con sus propias creencias, reduciendo la exposición a perspectivas diversas. No se trata necesariamente de manipulación directa, sino de una arquitectura que organiza la visibilidad de los contenidos.

Este fenómeno no es solo el resultado de decisiones individuales o preferencias de los usuarios, sino que está profundamente condicionado por el diseño de los sistemas que organizan la información. Un diseño de sistemas que tiende a reforzar la homogeneidad informativa

En términos académicos, esto se denomina “arquitectura de la información”: la forma en que los sistemas digitales estructuran qué contenidos aparecen, en qué orden y con qué visibilidad.

Burbujas informativas y personalización

La personalización algorítmica tiende a reforzar las creencias previas de los usuarios, reduciendo la exposición a perspectivas diversas.

“Los filtros invisibles crean un universo único de información para cada uno de nosotros.” (Eli Pariser, The Filter Bubble, 2011)

Este proceso no implica necesariamente manipulación directa, pero sí una reorganización del acceso a la información que puede limitar la diversidad de perspectivas.

La reacción se impone al contexto. El modelo económico que sostiene estas plataformas refuerza esa lógica. Basado en la economía de la atención, prioriza el tiempo de permanencia del usuario. En ese esquema, los contenidos que generan reacciones intensas -indignación, miedo o entusiasmo- tienden a obtener mayor alcance, independientemente de su calidad o veracidad.

La desinformación como sistema

El cambio no es solo tecnológico, es estructural. Según un informe reciente de la Global Investigative Journalism Network (GIJN), la desinformación dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en un sistema industrializado, impulsado por plataformas, incentivos económicos y nuevas herramientas de inteligencia artificial.

El informe advierte que el volumen de contenido engañoso es hoy tan alto que volvió insostenible el modelo tradicional de verificación caso por caso. Las redacciones ya no pueden reaccionar a todo sin correr el riesgo de amplificar aquello que intentan desmentir.

La inteligencia artificial introduce una paradoja: puede ayudar a producir información, pero también a distorsionarla, validando contenidos incorrectos o reforzando sesgos preexistentes.

El problema ya no es solo la falsedad de un contenido, sino el sistema que permite que ese contenido circule, se legitime y se monetice.

A esto se suma una dimensión clave: el financiamiento. Investigaciones recientes muestran la existencia de estructuras organizadas y contratistas —los llamados “mercenarios digitales”— que operan campañas de influencia de manera profesional y transnacional.

Esto obliga a cambiar el enfoque periodístico: ya no alcanza con analizar qué se dice, sino quién lo financia, quién lo distribuye y quién se beneficia.

El impacto de este sistema es desigual.

Mientras las plataformas expanden oportunidades económicas, también profundizan problemas como la polarización y el deterioro del debate público.

En el plano económico, informes del Banco Mundial destacan el papel de las plataformas en la expansión del comercio digital y el acceso a mercados para pequeñas empresas. Sin embargo, en el ámbito social y político, el balance es más complejo. Investigaciones difundidas por Le Monde y The New York Times advierten sobre la polarización, la desinformación y el deterioro del debate público.

La irrupción de la inteligencia artificial agrega una nueva capa de complejidad. Empresas como OpenAI y Anthropic lideran desarrollos capaces de producir contenido a gran escala, mientras que las grandes plataformas integran estas tecnologías en sus sistemas. El avance ya tiene efectos concretos: reportes recientes recogidos por Reuters y El País señalan procesos de reestructuración laboral vinculados a la automatización y el uso de IA.

Al mismo tiempo, la IA acelera este proceso. La inversión global en inteligencia artificial, que supera los cientos de miles de millones de dólares anuales, refuerza la concentración del desarrollo en un número reducido de actores.

Tecnología, poder y geopolítica

El desarrollo tecnológico no se distribuye de manera homogénea a nivel global. La concentración de plataformas y sistemas de inteligencia artificial en un número reducido de actores refuerza desigualdades entre países y regiones.

“El solucionismo tecnológico propone respuestas técnicas a problemas que son, en esencia, políticos y sociales.” (Evgeny Morozov, To Save Everything, Click Here, 2013)

En este marco, el debate sobre la tecnología también es un debate sobre soberanía: quién desarrolla, quién controla y bajo qué condiciones circula la información en el mundo digital.

Frente a este escenario, los Estados intentan avanzar en regulaciones. La Unión Europea impulsa marcos normativos para limitar ciertos usos de la inteligencia artificial y reforzar la protección de datos. Sin embargo, la velocidad del desarrollo tecnológico supera, en muchos casos, la capacidad de respuesta institucional.

Las respuestas individuales también forman parte del problema. Naciones Unidas y la UNESCO señalan la alfabetización digital como una herramienta clave: comprender cómo funcionan los sistemas que organizan la información se vuelve una condición básica para ejercer ciudadanía en entornos digitales. A esto se suman prácticas como diversificar fuentes, verificar información y limitar la exposición de datos personales.

Sin embargo, especialistas coinciden en que estas medidas no son suficientes sin políticas públicas que establezcan límites claros al poder de las plataformas.

El cambio más profundo, en última instancia, se observa en los usuarios. Estudios del Pew Research Center muestran un aumento sostenido en la preocupación por la privacidad, la desinformación y la concentración de poder en el ecosistema digital.

No se registra un abandono masivo de estas tecnologías. Pero sí una transformación en la forma de usarlas: más consciente, más crítica en relación a la privacidad, la desinformación y el poder de las empresas tecnológicas.

Tecnología, hegemonía y poder económico

El impacto de la tecnología en la sociedad no puede separarse de otra dimensión central: la disputa por la hegemonía global.

El desarrollo de inteligencia artificial, infraestructura digital y sistemas de datos no es solo un fenómeno tecnológico. Es también industrial, comercial y financiero.

La competencia entre grandes potencias se desplaza hacia sectores estratégicos como los semiconductores, la computación en la nube, la inteligencia artificial y las redes de datos.

Las empresas tecnológicas no operan de manera aislada. Forman parte de ecosistemas que articulan capital financiero, capacidad industrial e innovación tecnológica.

El control de estos sectores define ventajas concretas: capacidad productiva, acceso a mercados, dominio de estándares tecnológicos e influencia sobre cadenas globales de valor.

La tecnología se convierte en un factor central de poder económico y político.

Las redes conectan al mundo. Pero cada vez más usuarios comprenden que esa conexión no es neutral.

En cada contenido lo esencial es invisible: algoritmos y estructuras de poder que deciden y organizan la información que vemos, cómo interactuamos y cómo entendemos la realidad.

El problema no es solo quién controla las plataformas o los datos, sino cómo se organizan los sistemas que determinan la visibilidad de la información y bajo qué reglas se estructura la vida digital.

Los datos circulan dentro de plataformas que organizan su circulación, jerarquizan su visibilidad y capturan el valor económico y político que generan.

Estas plataformas recolectan datos -lo que las personas miran, compran, dicen-, los procesan mediante algoritmos y los convierten en publicidad segmentada, servicios pagos y ventajas competitivas.

En ese proceso, transforman el comportamiento en valor económico y capacidad de influencia.

La vida digital ya no puede pensarse solo en términos de herramientas, sino como un entramado de sistemas, actores y estructuras de poder que organizan la información, modelan la subjetividad y condicionan las formas de vida contemporáneas. 

Este fenómeno no se expresa de la misma manera en todo el mundo: mientras en Occidente el foco está en el poder de las grandes empresas tecnológicas, en otros contextos el eje se desplaza hacia la relación entre plataformas, Estado y soberanía digital.

Analizar el poder digital desde un único punto de vista implica necesariamente una forma de sesgo: los mismos sistemas pueden ser interpretados como concentración de poder, como herramientas de organización o como mecanismos de gobernanza, según el marco desde el cual se los observe.

Más que una simple competencia entre potencias, lo que está en juego es una redefinición del poder global: un sistema en transición donde se disputa quién produce, quién innova y, en última instancia, quién establece las reglas del orden internacional en el siglo XXI.

No se trata de un límite del análisis, sino de una evidencia: el mundo digital es más amplio que Silicon Valley.

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